El viejo mundo en el que se podía admirar

  


 Ese viejo mundo en el que teníamos capacidad para encontrarnos y reconocernos en el otro, hasta para admirar a otro, no solo al profesor, parece hoy un sueño... 

He de reconocer que en la universidad tuve a grandes maestros como, por ejemplo, a Francisco Balaguer, a Diego Javier Liñán, a Concha Carmona: catedráticos de Derecho. Me hicieron superarme a mi misma. Mi trato con ellos me ha hecho comprender la relación entre el maestro y el discípulo. Nadie que no haya sabido ser discípulo podrá ser maestro, pues fácilmente caerá en la vanagloria. Todos ellos han contribuido a formar mi espíritu, cada uno con su estilo, pues todos lo tenían. 

 Nunca fui escéptica, siempre he estado dispuesta a recoger y hacer mío ese saber que tanto admiraba. Preparaba mis trabajos y exámenes, orales o escritos, con la vacilación del alumno deslumbrado. Desafortunados son aquellos que nunca han admirado a nadie ni han tenido ocasión de  hacerlo, pienso a veces. Escuchaba sus lecciones consciente de ser una privilegiada. Ahora que veo a mis sobrinos estudiar en la facultad, esos pdf infames, como historias interminables, sin una explicación brillante inicial que les invite a profundizar y conocer más y mejor la materia... lo recuerdo y valoro más, si cabe.

 También he tenido amigas,  y algún director espiritual, que han sido para mi "maestros del corazón": han sabido guiar y orientar mi sensibilidad. Qué suerte he tenido, pues todo aprendizaje empieza por la cortesía.

 Todo el pensamiento antiguo, medieval y clásico ha meditado sobre la noción de humor que Descartes llama pasión, Spinoza afección ( Del origen y la naturaleza de los afectos en la tercera parte de la Ética). Era una noción filosófica que se encontraba en el corazón mismo de la reflexión. Pero a partir de Kant, no hay nadie que hable de la pasión o de la afección, según Julien Freund.

 La filosofía antigua tenía una noción de sabiduría. Era libre el hombre que dominaba sus pasiones. Y ese dominio era tema recurrente en Descartes o Spinoza. Pero para dominarlas, primero había que conocerlas. Descartes hace de la admiración la primera pasión en el Tratado de la pasiones del alma. He tratado de cultivar esa pasión leyendo a autores como a Chesterton (que habla de la importancia de no perder la capacidad de asombro), al mismo Freund, o a las grandes pensadoras del siglo XXI. El intelectual que no sabe admirar me resulta, en realidad, incapaz de recibir (y hasta de escribir, al menos, con buen gusto). Tan embebido de si mismo que no puede salir de ahí. Tengo a alguno en mente pero lo dejo a la imaginación de cada cual.

 Hoy la admiración es una pasión desacreditada que parece haberse vuelto incluso ridícula. Pero generalmente quien no sabe admirar cae fácilmente en la indiferencia. Y la consecuencia es que vivimos en un mundo desencantado. ¿Cómo amar algo o a alguien sin admirar? Algunos consideran que el amor solo dura por la admiración que lo sostiene... Creo que de haber tenido la oportunidad sabrían que la fe te ayuda a amar con la vista puesta de fondo en el cielo. Eso es, para mi, admirar.

Amar mirando al cielo. Eso es admirar. ¿Puede ser un aforismo? Es como pasar el balón a otro mirando al tendido y que el mismo milagrosamente llegue a su destino. Con esa mirada, se entiende el escolio de Nicolás Gómez Dávila: "el atardecer de ciertas vidas no tiene patetismo de ocaso sino plenitud de mediodía". Ojalá podamos, con fe,  volver a hacer realidad ese sueño de ayer...

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