Todo a la carrera: entre cura y cura exprés
Son las 16 horas de un día de fuerte ventisca. Llego a casa de trabajar después de una jornada no solo intensiva sino muy intensa. He estudiado muchos asuntos, muy distintos entre sí, y los he despachado con agudeza y resolución. He navegado a contracorriente entre problemones, compañeros y funcionarios, saliendo ilesa. Todo un triunfo, de momento. Al cerrar la puerta, reparo en que hay un trozo de cristal roto en el suelo del pasillo, de un color entre azul y verde, de la tonalidad del mar Caribe. Instintivamente lo recojo, y sin darme cuenta, me hago un corte en el dedo índice de la mano izquierda. Sangro un poco, así que dejo correr sobre él el agua del grifo, creyendo que como el agua milagrosa de los futbolistas, va a hacer que me recupere en unos segundos. Mientras, pienso en voz alta: de dónde habrá salido ese cristal. Qué se habrá roto. Voy a la cocina a hacerme algo de comer y encuentro otro trocito en la encimera... Me hago algo rápido, proteico pero para tomar a la lige...